Hoy, en el Día Mundial de la Alimentación, queremos hacer visible el impacto que generan los problemas de alimentación relacionados con el autismo. Esta vez no estamos hablando sólo de desórdenes de alimentación sino de un problema existente en casi todos los casos diagnosticados con autismo: la alimentación selectiva.

Pueden estar presentes en mayor o menor medida, pero ahí están. Y llegan a cronificarse en muchos casos.

Vemos como prestamos atención a los niños, en edades más tempranas, en la adolescencia ya empieza a esfumarse esa llamada de atención y en la vida adulta como que desaparece. Y no, ahí están, persisten, quizá durante el desarrollo pudieron reducirse, o tal vez, el problema fue tan grave que empeoró, y, aún, en los casos que pudieron aminorar siguen teniendo un impacto limitante en algún aspecto de su vida. Porque la comida es un acto social y si no puedes realizarlo o intentas evitar esa acción estás siendo limitado.

Hay 3 procesos base: manifestaciones (conductas), desarrollo (evolución) e impacto (consecuencias).

Hemos hablado bastante sobre las manifestaciones, hicimos un vídeo que se viralizó (ENLACE) sobre la detección porque seguimos viendo como los síntomas pasan desapercibidos o se culpa al autismo o, pese a estar ahí, como sí se conoce el caso de otro niño que está más limitado en cuanto a alimentación, pues al nuestro eso no le pasa, o ya se le pasará…

También hemos dicho que los problemas de alimentación NO son un problema de conducta, pero sí que las manifestaciones nos ayudan a identificar el problema y a saber la o las causas. Pero volvemos a lo mismo, si esos problemas no llegan a limitar – aparentemente – en exceso tanto al niño como a su familia, lo vemos como algo peculiar y no le prestamos la atención que se merece.

Además, como hay que prestarle atención a tantas y tantas cosas, quizá la alimentación no la establecemos como prioridad que no vaya más allá al que coma una cantidad adecuada a su edad cronológica y, aunque haya limitaciones debido a la selectividad, pues el niño o niña tiene una dieta “subjetivamente” balanceada, o no tenemos que hacer nada gastronómicamente especial para que el niño ingiera, por tanto no nos llama la atención.

Pues bien, todos esos “detalles” que pasan desapercibidos acaban pasando factura antes o después. Desde tener una dieta totalmente limitada hasta comer de forma poco adecuada. En la última entrada hablamos de ese rechazo a mezclar 2 o más alimentos, que sí se come por separado pero en el momento que los mezclas, que “se tocan”, ya lo rechaza. O “exigir” formas peculiares de presentar la comida, o hay un color que se resiste, o, y esto ya es más conocido por todos, las texturas. Sí, el problema con las texturas es común, pero hay tantos y tantos aspectos, muchos de ellos exigen 6 especializaciones de chef en técnicas culinarias como mínimo, pero quizá, otros tantos sean más sencillos de resolver.

Y los niños crecen, pasan por la adolescencia y llegan a la vida adulta. Unos podrán realizar una vida independiente, otros no y algunos necesitarán de grandes apoyos para ello. Hablamos de tantas y tantas cosas que preocupan para cuando llegue ese momento, pero descuidamos que la alimentación va a ser clave para ese momento, es decir, nos preocupamos del futuro sin prestar atención al presente.

 

HABLANDO, OBSERVANDO Y ANALIZANDO A ADULTOS CON AUTISMO

 

Todo aquello que suceda en la infancia va a repercutir en la vida adulta de la persona, para bien o para mal. Y la alimentación es una de las que más recuerdos genera. Muchos adultos con autismo recuerdan una constante lucha en el hogar para que comiesen y, como no podían conseguirlo, no se insistió y no se dieron las herramientas necesarias para lograrlo con éxito. Y no sólo en cuestión de ingesta, sino en particularidades, en desensibilizaciones, en estructurar toda la temática de alimentación, en comer en otros entornos distintos al del hogar, en concienciar de… O se insistió de forma inadecuada llegando a generar traumas con la comida.

En muchos de ellos se aprecian “quejas” del tipo “ si de pequeño me hubieran enseñado esto” o “si me hubieran dado herramientas para”. Muchos testimonios nos desvelan la dificultad de poder comer fuera de casa, sea por placer, un acto familiar por ejemplo, como por obligación, en la universidad o trabajo. Y es que hay tantos y tantos factores… Desde problemas sensoriales ya prácticamente conocidos por todos, desde que pueden molestarles hasta el olor de los platos lavados en lavavajillas, el ruido de los locales, incluso la luz, hasta problemas de coordinación motriz con el uso de cubiertos de los que son conscientes y les genera una vergüenza social, por tanto, van a evitar salir a comer fuera. Y eso es limitante.

Otros problemas de la independencia están vinculados a la alimentación. Muchos adultos no tienen sensación de hambre o nunca se sienten saciados. Ello se debe a alteraciones en el SENTIDO INTEROCEPTIVO, el cual nos ayuda a saber cuándo tenemos hambre, sed o estamos saciados. Si este sentido está alterado, si no ha sido “educado”, si no se han dado las herramientas en la infancia y adolescencia el impacto en la vida adulta va a ser muy negativo. Problemas con el peso, tanto por exceso como por defecto y ello repercute drásticamente en la salud.

Si una persona vive sola y no sabe cuándo comer por no notar la sensación, quizá el vivir solo no sea la mejor idea, o necesitará de apoyos para poder hacerlo, independientemente de si necesita apoyos o no en otras áreas, en la alimentación deberá de tenerlos. Y eso es limitante también.

Por otra parte, vemos el impacto del déficit en las funciones ejecutivas. Adultos a los que les supone tremendo esfuerzo dejar una actividad que estén realizando en el hogar, sea desde estar estudiando hasta ver la televisión, y tener que parar para prepararse la cena. Deben de tomar la decisión de “qué me hago para comer” hasta a la ejecución de la receta, sea sencilla o compleja. Y eso, de nuevo, es limitante. Muchos adultos piden a su familia que les lleven comida semanalmente no sólo para no ejecutarla, sino para planificarse qué comer cada día., y esto te genera dependencias de terceros.

Tampoco hay que olvidar lo que ha cambiado todo lo referente al autismo en estos años, los que ahora son adultos cuando eran niños vagamente habían terapias que no fueran más allá de la modificación de conducta, y, ni ese campo está como a día de hoy. Así que, sí podemos cambiar muchas cosas desde YA.

 

 

Desde Cocina Adaptada queremos conseguir que estos niños, no sólo superen problemas con la alimentación, sino fomentar la independencia en su vida adulta.  Parte de nuestra propuesta se basa en:

 

  • Intervenir a partir de los 18 meses. Pero ello no excluye más edades, nunca es tarde para empezar un programa de alimentación.
  • Realizar programas individuales, específicos y progresivos. Individuales porque cada niño o niña es distinto, específico para sus características y progresivo en cuanto a la evolución del niño.
  • Programas de cocina a partir de los 5 años. Diseñados por profesionales, teniendo en cuenta el perfil del niño o niña y nuevamente con objetivos individuales. La cocina es un entorno inigualable para trabajar multitud de aspectos, desde curriculares hasta sensoriales, sin olvidarnos de las funciones ejecutivas. Ya preparamos al niño para el adulto que llegará a ser potenciando sus habilidades y trabajando sus déficits.
  • Trabajar la autonomía y la autodeterminación desde edades tempranas, adecuándonos a su edad cronológica y también a su perfil, para intentar equilibrar ambos aspectos que muchas veces no coinciden.
  • Planes individuales en entornos naturales, para evitar que el niño o niña tenga limitada la ingesta fuera del hogar.

 

En suma, vemos que hay un recorrido vital en el que estar presentes, dando los apoyos necesarios para conseguir, finalmente, esa autonomía en la persona, de forma que se aumenten considerablemente los grados de autodeterminación e independencia del individuo en su vida adulta.

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